Tormenta en el desierto

Hay mil cosas que se pueden hacer en una expedición y en esta ocasión decidimos llevar las bicicletas de montaña para recorrer el desierto de San Luis. Así que quedé de verme en la estación de autobuses de Querétaro con Daniel y uno de sus amigos, el Rojas. Salí temprano de la ciudad de México y a eso de las 10 ya estábamos cargando todo en mi coche. Llegamos entrada la tarde a Estación Catorce pero decidimos dejar el coche en Wadley que estaba mucho mejor ubicado para iniciar nuestra travesía.
El dueño del hotel donde dejamos el auto tenía 2 perros bastante amistosos. Uno de ellos decidió seguirnos durante todo nuestro viaje y decidimos llamarlo “Guardían” porque siempre estaba alerta como tratando de cuidarnos de los peligros de la naturaleza.

Aún cuando no hicimos ruta de montaña no fue nada fácil el trayecto, llevábamos equipo y comida para estar al menos 3 días acampando en el desierto. Ir sobre la bicicleta con 30 kilos en la espalda no es un paseo en el parque, mucho menos si tomamos en cuenta el sol y el calor que normalmente hace.
Avanzamos unos 35 kilómetros el primer día. El desierto estaba realmente verde esta vez, seguramente había estado lloviendo mucho, incluso tuvimos que cruzar un lodazal casi saliendo de Wadley y nos fue un poco difícil encontrar un claro para montar el campamento entre tanta vegetación. Lo montamos a unos 20 metros del camino y cerca de una yuca alta para poder tener un punto de referencia cuando quisiéramos regresar a él
Al día siguiente hacía tanto calor que decidimos dejar el campamento a pie. Más que una decisión de grupo fue algo que se dio de esa forma. Cada quien salió a caminar por su lado, el pobre Guardián esta que se volvía loco, estaba con uno de nosotros unos minutos y después salía corriendo a buscar al otro, estaba 5 minutos y salía a buscar al tercero, así se la pasó  como 1 hora hasta que finalmente se cansó y se quedó conmigo acostado en la pequeña sombra de un arbusto. Yo, acostado en el piso, solo alcazaba a cubrirme la cara del sol. Al final nos encontramos los 3, es decir, los 4, como a 6 kilómetros del campamento y decidimos regresar.
Ese día justo al atardecer empezamos a ver como caía la lluvia sobre la sierra hacia el este. Después volteamos hacia el valle y vimos otras 3 ó 4 pequeñas tormentas a nuestro alrededor. Bastante localizadas pero también bastante fuertes. Nos dio tiempo de cenar y meternos a la tienda justo antes de que anocheciera y nos alcanzara una de ellas.
No habían pasado ni 30 minutos cuando empezamos a escuchar truenos. Nosotros estábamos muy tranquilos y secos platicando dentro de la tienda así es que ni siquiera nos preocupamos por lo que sucedía allá afuera. De pronto nos llamó la atención la insistencia de los truenos, caía uno cada 2 o 3 minutos. Uno puede saber que tan lejos cae un trueno contando los segundos que tarda en llegar el sonido después del destello de luz. El sonido viaja a 330 metros por segundo, así que multiplicando esta cifra por los segundos que tarda en llegar el sonido se obtiene un cálculo aproximado de la distancia.
Como niños con juguete nuevo empezamos a hacer cálculos
- Un kilómetro y 800 metros - Dos kilómetros - Kilómetro y medio - Un kilómetro y 200 metros - Se están acercando! - Un kilómetro - 800 metros - 600 metros - Estamos seguros? - La tienda es de plástico, aunque tiene partes de metal - 700 metros - 600 metros - No hay árboles cerca? - Esta la yuca, pero no es demasiado alta - 500 metros - 400 metros - Las bicicletas!! Donde están?? - Recargadas en la yuca - 300 metros - Vámonos de aquí!!!!
En ese instante salimos corriendo de la tienda, apenas nos pusimos las chamarras y agarramos una lámpara. Nos dirigimos al camino y ya en él empezamos a correr hacia el este, hasta que de pronto tomé conciencia y les grité
- Esperen!! Cómo vamos a regresar al campamento?!?!
En medio de una noche de tormenta no sirve ninguna de las señas que uno toma en el día.
- Bueno, esperemos aquí, estamos bastante lejos de las bicicletas.
Nos sentamos en el camino a esperar que pasara la tormenta. En medio de la lluvia esperamos como una hora, de pronto escuchamos un sonido extraño al oeste. Como si hubieran abierto una presa, de pronto, el camino se convirtió literalmente en un río y como no se veía nada nos dimos cuenta hasta que el agua nos alcanzó por sorpresa.
Muertos de frío y todos mojados, iniciamos el camino de regreso al campamento. Tardamos una hora más en encontrarlo, pero ya dentro de la tienda y con ropa seca no pudimos parar de reír por el susto que nos llevamos.